« Home | Los resultados imprevistos de un final anunciado » | Los derechos humanos vistos por una historiadora f... » | Allende y los militares » | Unión Demócrata Independiente » | Prensa y transición » | Enlaces y deslices en el asesinato de Jaime Guzmán... » | El día en que Chile dijo No » | El tiempo presente en la Finis Terrae » | Allende se queda solo » | Programa de la Unidad Popular » 

sábado, octubre 29, 2005 

La lógica de los avestruces y el tiempo reciente

Por Ignacio Muñoz Delaunoy
Profesor de Chile Contemporáneo

Unos comentarios motivados por los alcances a que da lugar otra nota de este blog.

Los historiadores tienen una mala opinión de la historia ultracontemporánea, llamada también “historia del tiempo reciente”. Hay distintos tipos de motivos que explican esta indisposición colectiva que nos obliga a estudiar solamente procesos que han concluido, casos cerrados, juicios que ya no tienen apelación posterior. Dos de ellos son un poco más importantes.

Cuando un investigador estudia hechos cuyos protagonistas se encuentran vivos, se nos dice, quedan comprometidos intereses muy actuales. Es difícil, ciertamente, comportarse como jueces ecuánimes cuando se trata de describir procesos de cambio en los que uno participa. Juez y parte, podemos decir. ¿Cargo válido? En otro 'post' de este blog discuto esta idea. Lo que planteo allí es bien simple. Los observadores nunca somos neutrales frente a los hechos que describimos, siempre vemos los hemos bajo el tamiz de nuestra subjetividad individual. Ese principio vale para los sucesos vividos hace muy poco, lo mismo que para hechos muy remotos. Porque en ambos casos son precisamente esos elementos de subjetividad los que permiten discernir el sentido que se oculta detrás del dato; porque son esas pulsiones, anteriores a cualquier acto racional, las que enriquecen la escritura, ayudando a hacerla interesante para un público que mira la realidad que lo envuelve bajo bajo los colores que ofrece los principios, los gustos, las valencias emocionales que se han vuelto tradición, bajo distintos tipos de disfraces. Los prejuicios, los gustos, las posturas, ya vemos, son una fuente tan importante de conocimientos como la información misma. Para hacerse a una idea de lo que se está señalando bastaría imaginar un relato histórico que no ponderara nada, que no juzgara nada, que sólo expusiera la información. ¿Cómo sería ese relato? La verdad es que la concresión de esa intención de pureza ya existe: se llama guía de teléfonos.

El segundo cargo es más grave. La historia de lo contemporáneo no permite al observador mirar los hechos desde la perspectiva que ofrece la distancia. Esto plantea una limitación importante al trabajo de investigación y de escritura. El problema no tiene nada que ver con la cuestión de la ecuanimidad. La apreciación de los hechos recientes, hemos visto, no es menos 'objetiva’ que la de los hechos bien alejados, pero sin dudas resulta menos rica, por un motivo que identificó hace algunas décadas el filósofo norteamericano Arthur Danto.

Los historiadores hacen sentido de los procesos de cambio que estudian imponiendo simpre una especie de lógica regresiva: interpretan los hechos pasados por referencia a hechos futuros que conocen, a través de unos conectores que este filósofo llama “narrative sentences”. En sencillo, se trata de lo siguiente. Nosotros estudiamos procesos de cambio. Para interpretarlos hacemos un poco de trampa, porque vemos en qué terminó todo, y luego, cuando conocemos sus consecuencias, volvemos la vista atrás y reinterpretamos toda la evidencia a la luz de ese conocimiento anticipado. Un ejemplo aclaratorio. Si pudiéramos interrogar a cualquier santiaguino culto el día 19 de septiembre de 1810 sobre el sentido de los sucesos que se produjeron el día anterior, ¿qué respuesta obtendríamos? Nuestro encuestado diría que un grupo de santiaguinos de la ‘high society’ de la época se reunieron para formar un gobierno provisorio que funcionaría algunos días, hasta que el rey español fuera liberado por Napoleón. Nadie en sus casillas imaginaba (ni quería) que ese acontecimiento señalara el inicio de un proceso que conduciría a la disolución del imperio español, al derrumbe de la monarquía, etc. Nadie, por lo mismo, podría haber previsto lo que iba a pasar, ni podría haber sabido cuales eran los alcances reales de los hechos en los cuales estaban participando con la inocencia de quien es ciego frente al futuro. Porque una cosa es clara. Si esos personajes hubiesen sabido que ese día se estaba dando un primer pasito, que luego otro, y otro, hasta llegar el resultado que todos conocemos, seguro que habrían preferido quedarse en la casa.

Nosotros, como observadores de un proceso concluido, ya sabemos en que terminó todo. Conociendo el final, proyectamos hacia atrás, convirtiéndolo cada uno de los hechos que describimos en factores coadyuvantes para la concresión de ese final. De pronto, este acto inicial de fidelidad al rey y a la monarquía se vuelve el hito inicial de un proceso de cambio que llevó al rechazo del rey y de la monarquía.

El punto es este. Sabemos, gracias al trabajo de Danto, que esta manera de explicar e interpretar hechos estableciendo una conexión con hechos futuros, con desenlaces futuros, no comporta una infracción a la lógica significadora del historiador. Todo lo contrario. Esta manera de dar inteligibilidad a los hechos es la que resulta más características de nuestro enfoque de historiadores.

Pues bien, si es así, tenemos un problema. Porque el historiador de los fenómenos recientes no cuenta con la ventaja que tiene el que conoce el futuro, porque los hechos están muy encima, porque los momentos cruciales están en plena ejecución, sin que uno lo sepa (sin que uno pueda saber, realmente, que tal suceso es crucial). Eso impide construir interpretaciones profundas, sujetas a la lógica descrita. ¿Qué problema epistemológico plantea esta limitación? Uno muy importante. El historiador de procesos inconclusos tiene que meterse en este berenjenal usando recursos de inteligibilidad de otras especialidades que son mucho más hábiles para moverse en los horizontes temporales cortos.

Surge el problema de saber si al renunciar a significar los hechos con los recursos de inteligibilidad que son propios, y tomar esos recursos de campos vecinos, puede uno seguir con el delantal del historiador puesto, puede seguir considerando su trabajo, de todas maneras, un trabajo histórico, un trabajo de historiadores. ¿Es realmente historia la que refiere procesos que están en pleno desarrollo? ¿no será, más bien, una clase un poco más sofisticada de periodismo investigativo?

Links to this post

Crear un vínculo