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miércoles, septiembre 21, 2005 

El día en que Chile dijo No

Plebiscito del 5 de octubre de 1988
Por Alejandra Alfaro Z.
Alumna del curso Chile contemporáneo, primer semestre del 2004

Más de siete millones de personas ejercieron su derecho a voto en esta oportunidad única de manifestarse a favor o en contra del sistema político imperante. Para la sorpresa de muchos, el 54% de los chilenos le negó a Augusto Pinochet su petición de continuar en el poder. De esta manera se estableció oficialmente el principio del fin del gobierno militar.

Un aire diferente se respiraba el día miércoles 5 de octubre de 1988. “Chilenos a las urnas” titulaba el diario La Época mientras Chile despertaba con la seguridad de que un voto cambiaría el transcurso de sus vidas. Desde febrero de 1987 hasta la nominación de Augusto Pinochet como Presidente de la República, siete millones 435 mil 913 personas se inscribieron en los registros electorales, incluyendo el mayor número de participación juvenil en los sufragios de nuestra historia.
La víspera estuvo marcada por el nerviosismo que a las diez de la noche se agudizó por un apagón general que se extendió por más dos horas. A pesar de ello, los chilenos se las ingeniaron para llegar lo más temprano posible a los locales de votación y plasmar su trascendental decisión. “Sentían la expectación”, señala Rafael Otano, autor del libro Crónica de la transición, “y el nerviosismo que produce la vecindad de los grandes acontecimientos. Se veían necesarios. Nadie podía sustituirlos en lo que en esa hora histórica debían hacer. Eran el primer y fundamental eslabón de una ininterrumpida cadena hacia la victoria”.
Un mes antes había circulado la información de que Augusto Pinochet pensaba suspender el plebiscito, pero, según trascendió, sólo fue un rumor. Las garantías de que el referéndum fuera legítimo se resguardaron con la creación del Tribunal Constitucional que debía asegurar la fiscalización y transparencia del acto electoral. Además de aprobarse una ley que garantizó el acceso a la televisión durante el mes anterior al plebiscito, por espacio de media hora compartida equitativamente para las dos opciones.

Las llamativas campañas electorales

La franja diaria de la oposición era transmitida a las once de la noche. Según estudios anteriores, había que buscar un mensaje sencillo que terminara con el miedo difuso en la población. De esta manera, la campaña del No era titulada con la frase “Chile la alegría ya viene” adornada con un arco iris para abrir un espacio diáfano y luminoso con un futuro esperanzador.
Genaro Arriagada, jefe de la campaña por el No contra Pinochet, explica que la oposición chilena se organizó para sacar del poder al dictador apelando a terminar con el temor imperante. “La nuestra fue en parte una lucha contra el miedo. Pero sobre todo fue una lucha por la esperanza, por la reconciliación, como lo habíamos aprendido de una canción española por una "libertad sin ira" o, como lo decíamos nosotros, por "una patria para todos" donde todos, los pinochetistas, nosotros los de la Concertación y los comunistas (que estaban fuera de la Concertación, a nuestra izquierda), tuviéramos un lugar bajo el sol.”
Por su parte, la campaña del Si tuvo un tono inferior marcado por la comparación de los logros del gobierno militar y las derrotas de Allende. Con frases como: “Si, usted decide, seguimos adelante o volvemos a la UP”, se intentó obtener el apoyo de un país que vio atemorizado los contrastes expuestos y que fueron criticados incluso desde en interior del gobierno.
En este esfuerzo la campaña por el “no” demostró tener una capacidad impresionante de movilizar y organizar a miles de voluntarios a lo largo del país. El equipamiento necesario contó en parte con ayuda financiera del National Endowment for Democracy del gobierno norteamericano.
De todas maneras, ambas campañas fueron creativas y marcaron una tendencia que hasta hoy perdura en la publicidad política. Aunque cada una se lució en distintos medios, ambas tendencias utilizaron rostros conocidos para motivar y educar a la población para que no cometiera errores al momento de marcar su opción en el voto.

Una larga jornada

Desde las seis de la mañana los conscriptos ocuparon sus puestos de vigilancia en los diferentes puntos de votación. En el edificio Diego Portales se instaló un centro informático para recepcionar los cómputos, donde Alberto Cardemil, subsecretario del Interior, era el encargado de fiscalizar el trabajo de los computadores. Por su parte, en la sede del Comando del No de Santiago ubicada en la esquina de Alameda con José Victorino Lastarria, también se había habilitado un sistema para contabilizar los votos y corroborar la información oficial.
Cerca de las diez de la mañana el subsecretario Cardemil informó que solo un 40% de las mesas estaban constituidas, a pesar de ello, había antecedentes de que todo el país había madrugado para ejercer su deber cívico. A las 10:45 todo el país y la prensa extranjera pudo ver al General Pinochet, vestido de civil, depositando su voto en la mesa número uno de Instituto Nacional.
En las ciudades pequeñas la gente había salido a votar en las primeras horas, como si una compulsión ansiosa, mezclada con el temor por lo que podría ocurrir después, sacudiera hasta el último rincón chileno. Miles de personas comenzaban a dirigirse hacia los locales de votación y en algunos sectores los propios soldados, a quienes se les había dado orden de votar a primera hora en los mismos recintos donde ejercerían vigilancia, habían tenido que sumarse a las filas de electores.
La tensión aumentó cuando durante la tarde corrió el rumor de que un bus ocupado por terroristas, disfrazados de carabineros, circulaba por la población La Victoria. Además, una súbita disminución de voltaje afectó el centro computacional de la sede del No, que pronto fue restaurado.

La noche más larga

Después de cerrarse las mesas de votación, el gobierno dio a conocer los primeros resultados que daban como vencedora a la opción por el Sí. Pero mientras avanzaba la hora, se hizo evidente la victoria de la oposición, quien se atemorizó porque oficialmente no se reconocían los cómputos reales. Frente a esto, Genaro Arraigada primero amenaza con entregar las cifras que tiene, y finalmente lo hace en una conferencia de prensa donde publica los resultados parciales recopilados, a pesar de que se había comprometido con el gobierno a no hacerlo hasta no tener medio millón de votos contados.
En las horas posteriores, todo el país se mantuvo expectante respecto a los resultados. El nerviosismo continuó latente, aunque algunos partidarios del No ya se habían lanzado a las calles a celebrar. Después de la media noche, en la sede de gobierno se organizó una reunión convocada por Pinochet con los Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas. Minutos antes de ingresar el Jefe de la Fuerza Aérea, Fernando Matthei, fue abordado por la prensa y confirmó el triunfo del No: "Tengo bastante claro que ha ganado el NO, pero estamos tranquilos", señala antes de reunirse con Pinochet. Su declaración fue crucial para el desarrollo del resto de la jornada, pues había sepultado la posibilidad de que el gobierno manipulara las cifras y difundiera datos favorables al Sí.
En la reunión se buscó una manera de enfrentar la derrota enfatizando la “victoria” que significaba el hecho que el “sí” tuviera tanto apoyo popular después de quince años de gobierno militar. La reunión, que se inició con un aire bastante tenso, se agudizó cuando Pinochet solicitó a sus pares firmar un documento preparado por el ministerio para darle plenos poderes sobre las Fuerzas Armadas y anular el plebiscito. Ninguno de los jefes militares estuvo dispuesto a apoyar esta opción y prefirieron respetar los resultados.
Pasadas las dos de la mañana el gobierno reconoció oficialmente la victoria del “no.” Mientras tanto, los dirigentes de la oposición les pidieron a sus partidarios que no salieran a la calle a celebrar su victoria; la noche terminó con una tranquilidad sepulcral en Santiago y en las principales ciudades del país. El cómputo final de los votos dio 54.7% por el “no,” y 43% por el “sí.”
La madrugada del 6 de octubre amaneció luminosa y soleada como en la jornada anterior. El país se puso en marcha lentamente y muchos no asistieron a sus trabajos para reunirse en las cercanías de la sede del No a expresar su alegría. El festejo se tomó la Alameda y marchó hacia La Moneda pidiendo la renuncia de Pinochet. Las manifestaciones continuaron hasta el anochecer y el viernes 7 se reunieron en el Parque O’Higgins para seguir celebrando con actos artísticos.
De esta forma, una papeleta y un lápiz fueron las herramientas del chileno para manifestar su decisión de terminar con el gobierno más largo de la historia de Chile.

El 6 de octubre de 1988 fue un día de gran trascendencia para Chile y, por qué no decirlo, para el resto de Latinoamérica y, también, el mundo.
Por un lado se ponía fin a una larga tiranía de 17 años, pero de manera pacífica. Por otro lado, se confirmaba que Chile era un país capaz de avanzar hacia la democracia, respetando los resultados obtenidos.
Tengo mis dudas sobre lo de Pinochet -eso de intentar anular el plebiscito-, ya que no manejo esa información, asi que si es posible, me gustaría conocer la fuente.

Y sobre lo que vino después, bueno, llegó la alegría inicial, esa de sentir que nuevamente se podía respirar tranquilo y pensar en forma libre. Sin embargo, muchos chilenos aún deben convivir con la pobreza, la falta de educación, salud y oportunidades.
La alegría llegó para la clase media ya existente, pero los pobres siguen siendo pobres, aún tenemos cerca de un 20% de pobres.

Esa es la gran deuda de la Concertación y de la democracia en nuestro país. Y eso que no estamos contando la poca tolerancia hacia las minorías. En este país ser indígena es casi como no tener ciudadanía y eso debiese tener una rápida solución. Tampoco puedo sentirme orgulloso si veo que Chile tiene un territorio de ultramar como Isla de Pascua, ¿acaso eso no es imperialismo?
Y qué hablar sobre las minorías sociales, sexuales, políticas o culturales. No tienen cabida. Y el deporte y la cultura, aún menos.
Practicar cualquier actividad física en Chile es un LUJO y no un derecho; pensar en leer, escuchar música o ir al cine es otro LUJO.

Nos falta mucho aún. Pero al menos ya no tenemos el fusil detrás de nuestras espaldas y al frente de nuestras pupilas.

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