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jueves, febrero 01, 2007 

Hacer un golpe ‘a la chilena’

Pensemos que debemos contar lo que pasó a alguien que no sabe nada de todo esto. No conoce el nombre de Allende, ni el de Pinochet. Puede tratarse de alguien que viva en el extranjero, que no sepa mucho de lo que pasa en los países tercermundistas.

Nuestro cuento debería iniciarse así. Ese día cuatro Hawker Hunter de la Fuerza Aérea iniciaron vuelo desde su base, en una ciudad del sur del país, hacia la capital. Debían viajar raudamente a cumplir una misión importante y de mucha reserva: bombardear el edificio en el que cumplía sus labores cotidianas cierto presidente. Fue la acción final de una serie de acciones de guerra. En la madrugada de ese día la flota se había tomado sopresivamente el principal puerto. Mientras eso sucedía columnas de uniformados habían tomado el control de las distintas ciudades del país. Todas las principales. Pero también las menores. Una acción impecable. Las tropas de asalto doblegaron en pocas horas a su enemigo. La verdad es que hacia mediodía la única resistencia objetiva se presentaba en la sede del gobierno, donde estaba atrincherado el presidente. Nada tan extraordinario, después de todo. Los militares se preparan toda una vida para reaccionar frente a los enemigos circunstanciales de la patria. Para eso tienen sus armas y su preparación. Sin embargo la misión de estos oficiales era peculiar, pues el adversario al que había que doblegar no vivía en ningún país vecino. No era un enemigo externo, sino uno interno, y se trataba nada más y nada menos que del propio mandatario de la república al cual las fuerzas armadas habían dado su aval, formando parte de sus gabinetes ministeriales. A la altura de una estación ferroviaria muy bella, donde confluían las líneas del centro y el sur, los aviadores afinaron su puntería y dispararon los cohetes. La sede gubernamental comenzó a arder en llamas, el mandatario, luego de algunas refriegas con sus sitiadores, decidió morir con las botas puestas, luego de hacer salir a las pocas personas que quedaban en el edificio, y de tener la seguridad de que no sería defendido trabajadores en cuyo nombre había emprendido tantas reformas: ya lo había dicho, solo saldría de allí en posición horizontal.

Este cuento no refiere los capítulos finales de una guerra entre países limítrofes. Se trata de un golpe de estado, reclamado por importantes sectores de la ciudadanía de un país que vivía una profunda crisis institucional. No fue un golpe cualquiera. Para sacar un presidente latinoamericano no se necesita gran cosa. Basta hacer un ruido de sable, sacar un manifiesto, sacar los corvos a un desfile, y ya. Eso de destruir a bombazos la sede del gobierno se reserva para las etapas finales de las guerras.

Lo que sucedió el 11 de septiembre de 1973 es algo fuera de serie. Algo impensado en un país que ostentaba un record democrático fenomenal. Una de las 27 democracias que funcionaba en el mundo, una de las más antiguas y estables, una las pocas que había podido funcionar en un país subdesarrollado.

También algo extraordinariamente sorprendente para el mundo, que tenemos que saber explicar en este curso. Lean este comentario realizado por el historiador Alan Angell, de la Universidad de Oxford, para que tengan la perspectiva de alguien que miró desde fuera lo que sucedió ese día (desde fuera de la realidad social chilena pero desde el interior de la posición de un refinado intelectual inglés de izquierda). En un post anterior incluí un texto escrito por el historiador norteamericano William Sater. Recomiendo leerlo al mismo tiempo que este texto:

Me encontraba en Inglaterra cuando ocurrió el golpe. Como muchos observadores, me tomó por sorpresa. Pensé que por difícil que fuera la situación en Chile, de algún modo se llegaría a un arreglo, probablemente con un referéndum y que el gobierno de la Unidad Popular se vería obligado a moderar sus políticas radicales. Pero me equivoqué, al igual que muchos chilenos que pensaron que no habría golpe o que se trataría, a lo sumo, de una intervención limitada y moderada.

Esa es una de las razones del impacto duradero del golpe. No se esperaba en un país que tenía un envidiable historia de tradición constitucionalista. Los gobiernos autoritarios en España, Grecia o Portugal, que habían sucedido a la caída de frágiles regímenes civiles, no se consideraban como desvíos fundamentales de prácticas políticas en aquellos países. Pero Chile era diferente.

Al menos, eso era lo que pensaban muchos observadores, y con razón. La reacción era que si llegaba a ocurrir un golpe de ese tipo en Chile, podía entonces suceder en cualquier otra parte. La revolución cubana se había convertido para el mundo en general en un símbolo de resistencia a la opresión imperialista. El golpe chileno se convirtió, a su vez, para el mundo en general, en un símbolo de un derrocamiento militar brutal de regímenes progresistas. Pero los símbolos no constituyen la historia fehaciente. Se obvió el aspecto represivo de la revolución cubana. Hubo golpes mucho más brutales en otras partes de América Latina que en Chile. La comprensión de la complicada política chilena desde 1970 hasta 1973 era muy superficial. Pero eso carecía de importancia. A nivel de la percepción internacional, la revolución cubana tenía una imagen gemela en el golpe chileno.

Otra de las razones para el profundo impacto del golpe fue que, en cierto modo, fue el primer golpe televisado. Las imágenes de los días posteriores al 11 de septiembre inundaron las pantallas y diarios del mundo - y cuatro de ellas en particular: los jets Hawker-Hunter bombardeando La Moneda; los soldados quemando libros en la calle; aquella fotografía de un Pinochet de rostro sombrío con anteojos oscuros, sentado frente a los restantes miembros de la junta militar de pie, y los prisioneros esperando atemorizados en el Estadio Nacional- . Incluso en los países más remotos, geográfica, social y culturalmente de Chile, aquellas imágenes demostraron de una manera directa lo que había sucedido en Chile el 11 de septiembre y después. Y a aquellas imágenes de 1973 se les unió otra: la del automóvil destrozado en el cual Orlando Letelier halló su muerte en Washington en 1976.

La comunidad internacional

Un tercer factor que contribuyó a mantener vivo el golpe en la comunidad internacional fue la actividad de la comunidad chilena en el exilio. Durante una década después del golpe, continuó la política de oposición, tanto en el exterior como en Chile. Muchos exiliados eran políticos con conexiones con esos mismos partidos en Europa, en partes de América Latina y en otras. Todos los socialistas, comunistas, democrata cristianos y radicales chilenos encontraron comunidades receptivas fuera de Chile. La comunidad exiliada tuvo éxito en buscar una condena del gobierno de Pinochet en organizaciones internacionales como las Naciones Unidas, y en convencer a los demás gobiernos de boicotear el comercio chileno y cortar lazos con su gobierno. La simpatía internacional hacia la oposición chilena era fuerte y generalizada - mucho más que aquella hacia los exiliados de otros regímenes militares del Cono Sur- . La comunidad internacional sentía que podía comprender y relacionarse con lo que estaba sucediendo en Chile, en tanto las políticas de Argentina, Brasil o Uruguay eran tan distintas de la experiencia de la mayoría de los países desarrollados, que los golpes militares en aquellos países lograban poca respuesta.

Es difícil exagerar el impacto que tuvo el golpe chileno en la conciencia política de una gran cantidad de países. En el Parlamento Europeo, el país más debatido (y condenado) por muchos años después de 1973 fue Chile. En Gran Bretaña, el embajador de Allende en dicho país, Álvaro Bunster, fue el primer extranjero en dirigirse a la Conferencia del Partido Laborista desde La Pasionaria durante la época de la Guerra Civil española. En Italia, el análisis del golpe realizado por el Partido Comunista y su líder intelectual, Enrico Berlinguer, condujo al "histórico compromiso" por medio del cual el PC italiano logró formar parte del gobierno por primera vez en muchos años. En Francia, el Partido Socialista debatió durante mucho tiempo cómo cambiar sus tácticas tras el golpe chileno. Países como Canadá, Australia y Nueva Zelandia acogieron a miles de refugiados chilenos.

Esta reacción no fue de corta duración. Lo que resultó más llamativo fue la consistente condena internacional del gobierno chileno hasta el momento del plebiscito en 1988 - momento en el cual incluso el gobierno- , de los EE.UU. se había unido a las críticas. Esto fue importante para la oposición y un revés para el gobierno- si bien las razones del cambio en la política norteamericana se debieron más a la política de Nicaragua y a la necesidad de oponerse a las dictaduras en general. La cobertura internacional del plebiscito fue intensa. Para una prensa europea que sólo demuestra un interés transitorio y somero en América Latina, fue sorprendente. Resulta innecesario decir que la derrota de Pinochet fue la causa de dicha celebración. Más adelante, la jubilosa reacción de los círculos políticos europeos frente al arresto de Pinochet en Londres en 1998 es testimonio del perdurable impacto del golpe de 1973 y del gobierno militar en la conciencia política de la comunidad internacional.

Los que apoyaban al gobierno militar considerarán, sin duda, que esto demuestra una total falta de comprensión de la situación que se había producido en Chile y señalará el otro lado de la historia. Tanto en las ciudades como en el campo se advertía un creciente conflicto social. El gobierno había perdido el control sobre sus propios seguidores. La economía estaba en ruinas y la escasez de productos y el mercado negro volvían la vida intolerable para mucha gente. Había un genuino temor de una toma del poder de los marxistas. Muchos chilenos apoyaron el golpe, no sólo los pertenecientes a las clases altas. Pero fuera de Chile sólo la administración Nixon en los EE.UU. escuchaba su versión de la historia. Sin embargo, con Nixon centrado en la distensión con la Unión Soviética y las buenas relaciones con China, el tipo de anticomunismo chileno parecía aún más anticuado, y tampoco contribuyó mucho a la causa del gobierno militar su burda propaganda, en la que se destacó particularmente el infame Plan Zeta.

Polarización

¿Tuvo algún efecto en el desarrollo interno de Chile esta respuesta internacional? Creo que sí. Contribuyó a la polarización de Chile en dos campos - y ayudó a mantener una polarización de la política chilena que continuó bastante más allá del retorno a la democracia- . La condena internacional generalizada de Chile obligó al régimen militar a una postura más dura y a la defensiva que no habría tenido de otra manera. Si el mundo no aceptaba las razones para el golpe de 1973, tanto peor para el mundo - Chile buscaría su propio camino, desarrollaría sus propias instituciones e ignoraría lo más posible al resto del mundo- . Y aquellos que se oponían al gobierno militar no sólo estaban equivocados sino que eran considerados como aliados de la conspiración internacional contra Chile y, por lo tanto, traidores a la patria. Esta actitud, alentada por Nixon y Kissinger, y por el apoyo económico de los bancos norteamericanos, atraídos por las reformas económicas del gobierno, brindó cierto alivio frente a la condena casi universal.

Por otro lado, el apoyo que la comunidad internacional le daba a la oposición en el exilio reforzó su creencia de que había triunfado en el debate moral, que no era posible ni necesario ningún compromiso con el régimen y que aunque la lucha fuera larga y dura, eventualmente sería victoriosa. El tema clave en esta confrontación fue el de los derechos humanos, y el hecho de que la iglesia católica, a través de la Vicaría de la Solidaridad (dicho sea de paso, una institución que no tiene paralelo en ningún otro régimen autoritario), apoyara la causa de los derechos humanos reforzó a la oposición en la elección de este tema para confrontar al gobierno.

El choque entre el gobierno y la oposición en el exilio se convirtió en un choque de valores morales absolutos. Y en ese tipo de debate nadie es realmente neutral - o se defiende al gobierno o se lo condena- . Esa dicotomía creó una división que seccionó a la sociedad chilena prácticamente en dos mitades. La manera en la que finalizó el régimen militar contribuyó a mantener aquella división. No tiene precedentes el que un mandatario militar, tras un período tan largo de poder casi absoluto, solicite una extensión de su mandato por ocho años más a través de un plebiscito libre y justo, pierda el plebiscito, a pesar de obtener una votación extraordinariamente alta, y luego acepte el resultado y organice elecciones para elegir a un presidente civil. Es cierto que Pinochet no deseaba el plebiscito en primer lugar, que el modo en el que fue organizado tuvo mayor relación con la resolución del Tribunal Constitucional que con las intenciones del régimen, y que la fuerte presión para aceptar el resultado provino de los demás miembros de la junta. Pero, con el tiempo, los partidarios de Pinochet no consideraron el resultado como una derrota sino como una especie de triunfo. Esta vez eran ellos los verdaderos demócratas.

El recuerdo del golpe

Lo que caracterizó a la política chilena después de 1990 hasta el arresto de Pinochet fue la ausencia de debate entre ambos lados con respecto al golpe, sus causas y consecuencias. Se suscitaron, naturalmente, debates sobre muchos tópicos - la reforma constitucional, las políticas sociales, las políticas macroeconómicas- , pero no sobre el golpe. Basta con observar cómo las Fuerzas Armadas, sus aliados políticos e incluso la Corte Suprema dejaron abruptamente de lado el informe Rettig. Ellos estaban en lo cierto y tenían justificación y el gobierno estaba equivocado. Punto final.

Chile no es el único país que tiene dificultades para aceptar su pasado. A los alemanes les llevó muchos años prepararse para examinar el fenómeno nazi en toda su brutal falta de humanidad; Japón aún se rehúsa a reconocer algunos de los graves abusos cometidos durante la II Guerra Mundial. Y en cuanto a España - agreguemos al medio millón o más de personas muertas durante la Guerra Civil el cálculo sorprendente pero aceptado de otro cuarto millón de personas asesinadas por el régimen de Franco tras la guerra- , parece increíble que no se hayan efectuado juicios, ni que se los haya exigido, o al menos creado una comisión para establecer la verdad. Ciertamente, se puede argumentar - como lo he hecho en un capítulo de un libro que está a punto de ser publicado- que el gobierno chileno (junto con el de Sudáfrica) ha hecho más por esclarecer el pasado y buscar justicia para los abusos cometidos que cualquier otro gobierno.

Lo que se ignoró en la reacción contra el golpe fue el hecho - por desagradable que haya sido- de que gozaba de un amplio apoyo, incluso entre los sectores más pobres de la población. No es poco común que un golpe militar obtenga un apoyo inicial cuando la población está cansada de las incertidumbres y disturbios de un gobierno civil débil -Argentina en 1976 fue un obvio ejemplo de ello y Perú en 1992 otro- . Sin embargo, lo que sí es inusual es que este apoyo perdure por un largo período, incluso hasta después del retorno a un régimen democrático. El régimen pinochetista fue inusitado en muchos aspectos. Las reformas económicas y sociales siguieron una agenda ideológica; el gobierno estableció una institucionalidad en la que realmente creía; aceptó el rechazo en un plebiscito y acató las reglas, e incluso negoció importantes cambios constitucionales con la oposición antes de entregar el poder.

Curiosamente, estas características intensificaron en lugar de aminorar la polarización en Chile. Ya que el gobierno militar no consistió simplemente de una élite burda y corrupta, a la que le hubiera bastado con saquear la economía, sino que creó una masa de apoyo leal que estaba unida a él por simpatías ideológicas. La manifestación más obvia de lo anterior fue la formación y crecimiento de la UDI. Esto nuevamente es sorprendente. Los únicos dos partidos nuevos, exitosos e innovadores de América Latina son la UDI y el PT de Brasil - uno creado en apoyo de un régimen militar y el otro en oposición a él- . Y lo más interesante es que ambos han obtenido el éxito moviéndose hacia el centro - en el caso del PT, alejándose de su pasado sectario y extremista, y en el caso de la UDI, distanciándose del régimen pinochetista.

Este ha sido entonces el legado del golpe: creó dos mundos opuestos, para uno de los cuales el golpe fue el símbolo de la salvación de Chile, y para el otro, la tragedia de Chile. El "Sí" y el "No" en el plebiscito de 1988 fue mucho más que una simple respuesta a la opción de que Pinochet continuara siendo presidente por otros ocho años. Simbolizaban el apoyo para uno de dos puntos de vista contrarios de la historia. De cierto modo, planteaba la pregunta de si el golpe de 1973 se justificaba o no. Aunque la derecha y la izquierda han convergido en muchos aspectos - respecto de la política económica, por ejemplo- persiste la dicotomía en lo que se refiere al golpe.

¿Pero cuánto más durará esto? ¿Tiene realmente importancia hoy en día el recuerdo del golpe? En algunos aspectos ya es obviamente de menor importancia a medida que se van desvaneciendo los recuerdos, a medida que la política se ha vuelto una cuestión más rutinaria y menos un asunto confrontacional, a medida que las políticas económicas han obtenido un notable récord de éxito (aunque es cierto que con importantes problemas), a medida que el tema de las relaciones cívico-militares ha alcanzado un camino más armonioso. Sin embargo, en tanto continúen los problemas de los derechos humanos, en tanto prosigan los juicios a los militares, en tanto se acumule un mayor número de evidencias, el recuerdo del golpe se mantiene vivo en el Chile contemporáneo. Y -- si se le permite decir esto a un observador extranjero- es para crédito de Chile el que exista un intento real de enfrentarse al pasado, de llegar - finalmente- a un diálogo entre los dos campos, de asegurar la justicia, de tratar de comprender lo que sucedió y por qué ocurrió. Olvidar el pasado es una alternativa y muchos países han optado por ello. Enfrentarse al pasado y tratar de encontrar la comprensión, la justicia y la reconciliación es infinitamente más doloroso pero de vital importancia para establecer un orden justo y democrático.

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Datos del creador

  • Ignacio Muñoz Delaunoy
  • Oriundo de RM, Chile
  • Este blog fue creado para desarrollar un trabajo colaborativo con los alumnos del curso "Chile contemporáneo" de la universidad Finis Terrae.
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