« Home | La lógica de los avestruces y el tiempo reciente » | Los resultados imprevistos de un final anunciado » | Los derechos humanos vistos por una historiadora f... » | Allende y los militares » | Unión Demócrata Independiente » | Prensa y transición » | Enlaces y deslices en el asesinato de Jaime Guzmán... » | El día en que Chile dijo No » | El tiempo presente en la Finis Terrae » | Allende se queda solo » 

martes, noviembre 01, 2005 

Singularidades del régimen militar

El régimen autoritario chileno no fue el único que conoció el barrio latinoamericano en la década de 1970. Desde que se produjo el golpe de estado en 1964 que puso fin al gobierno de Joao Goulart, en adelante, cayeron en serie casi todos los regímenes democráticos de la región. El chileno fue sólo uno más. Pero tuvo algunas características muy propias que marcaron la diferencia:


Baja institucionalización del régimen. El gobierno militar está asociado íntimamente a la persona de Pinochet. Esta concentración constituyó una excepción. En Brasil, Argentina y Uruguay las fuerzas armadas impusieron formas colegiadas de gobierno. Es cierto que había figuras más importantes. Pero eran rotadas en periodos regulares, precisamente para evitar que el poder se personalizar. Estos gobiernos, además, comprometierons a las fuerzas armadas como conjunto. En esos casos el ejército no tuvo una posición especial.
Nada que ver con lo que pasó en Chile. El general Pinochet, que había tenido una participación menor en la gestación del golpe, acabó concentrando casi todo el poder: el militar, como comandante en jefe de la rama predominante, el poder político, como cabeza de la Junta y luego como Presidente de la República, parte del poder legislativo, como miembro de la Junta, además del poder enorme que a que daba origen su posición de exclusivo tutor del aparato represivo.
Pinochet es el jefe de Estado que ha ocupado por un periodo más prolongado el poder en la historia del Chile repúblicano. No solo eso. Luego de Fidel Castro, es el lider de un regímen autoritario que ha logrado durar más en el cargo en la segunda mitad del siglo XX.
Mucho poder para una sola persona. Además, un poder que no estuvo reglamentado por instituciones jurídicas, ni respaldado por un referente político propio, hecho a la medida. Pinochet no quiso organizar un partido propio que diera sustento a su administración. Se contentó, más bien, con buscar apoyo en las fuerzas armadas, y en organismos intermedios como los gremios, la Secretaría Nacional de la Juventud, etc., muy a la usanza de los regímenes fascistas. En los momentos críticos que atravesó su larga administración tuvo que pedir ayuda afuera del régimen. Pero no buscó en la derecho, ni en los partidos políticos, ni en ninguno de los circuitos regulares de la política: trató de hablarle directamente a las masas, al estilo de los caudillos populistas.
Lo más notable de todo es que este este gobierno que se sustentó en una persona a la que le gustaba gobernar al margen de las leyes, un poco bajo su propio arbitrio, fue un gobierno bastante estable, capaz de dar asidero a políticas de largo mediano y largo plazo.

Importancia de los uniformados en el régimen. En esta zona del mundo los militares suelen tomarse el poder en respuesta a una apelación directa de los civiles, cuando la institucionalidad de éstos falla. Luego de limpiar un poco la casa, de introducir los cambios reclamados por la civilidad, los uniformados son desplazados, por la vía de la cooptación, por los civiles que forman parte del régime. Son ellos, los elementos civiles, un verdadero poder detrás del poder. ¿Y los militares? Bueno, su pega es respaldar con la fuerza de las armas los proyectos de los civiles. En el caso chileno esto no sucedió. El golpe lo pensaron y ejecutaron uniformados, con nula participación de los civiles (aunque muchos de ellos esperaran con muchas ganas que eso sucediera y apoyaran con entusiasmo el acto mismo). El gobierno fue ejercido, luego, en fundamentalmente por uniformados. Sin que hubiera la clásica merma posterior por cooptación. Por el contrario, la presencia militar fue aumentando, luego del triunfo plebiscitario de Pinochet, luego de que su administración fuera legitimada por la ciudadanía que aceptó su constitución, sus reglas. A partir de 1983 se produjo lo que se llamó entonces la “marea gris”.

Desarrollismo liberal. Todos los autoritarismos que se imponen desde la década de 1960 quisieron modernizar las atrasadas economías de sus países. Sin embargo, estos regímenos no lograron lo que buscaron. El gobierno de Pinochet fue la única dictadura plenamente desarrollista que hubo en la región, que tuvo éxito con sus políticas económicas, que logró sacar al país de su atraso. Políticas que, además, corrieron por canales completamente heterodoxos. Los uniformados de países vecinos impulsaron procesos de modernización desde el Estado, con fuerte intervencionismo, con fronteras bien cerradas. Son modernizaciones un poco cepalianas. Pinochet fue el único de la región que quizo llegar a lo mismo pero tomando el camino que le ofrecía un programa ultracapitalista. En lugar de alentar un intervencionismo centralista, jugó sus cartas a favor de un modelo ultraliberal que entrega todo a los privados, adelantándose una o dos décadas a tendencias que luego se hicieron corrientes en el mundo.
Se trató de una extrañísima modernización liberal, sin libertades ciudadanas.

Prolongación del estado policial. En el caso de los otros gobiernos la violencia fue una cosa más bien excepcional o acotada a un periodo corto. En el caso chileno, la violencia y la represión fueron elementos constantes, debido a que formaron parte del ejercicio normal de la política del régimen.

Una transición institucionalizada. Los otros regímenes terminaron debido a diputas internas entre los uniformados, fracaso en la gestion económica o, como con Argentina, derrotas militares. En el caso chileno el cambio se produjo por una derrota electoral: siguiendo el derrotero fijado por la propia institucionalidad del régimen.
Esto fue fundamental, a la vez que sumamente original. No es habitual que los dictadores creen aparatajes institucionales que consideren la posibilidad de su derrota. Menos aún que la acepten, caso de producirse. Por los motivos obvios: la suerte de los dictadores siempre es nefasta cuando pierden sus prebendas. Cárcel, desprestigio, exilio en el mejor de los casos. Eso les espera. ¿Para qué exponerse a esas desgracias? Mejor prolongar el gobierno por toda la vida. Asegurar a los hijos, a los amigos. Irse por las buenas es masoquismo. Pero así fue. Luego, como esta salida fue negociada, todo pudo darse de manera evolutiva. Porque la dictadura, que aceptó la posibilidad de su derrota electoral, y que luego aceptó que esa derrota se tradujera en un resultado efectivo, había dejado varios “amarres”, destinados a prolongar lo central de su proyecto. Amarres que si Pinochet se hubiera resistido habrían sido barridos por la oposición. Pero no lo hizo. Se fue. Pero dejó su huella en un montón de rinconcitos institucionales. Esa gran componenda negociada en que participan dictadura y oposición, significó que se siguiera un camino evolutivo y no uno de quiebre. La gradualidad permitió que el paso a los gobiernos civiles no fuera traumático, no hubiera un desmantelamiento de la “obra”, motivado por una crisis final que hace odiar todo el pasado. La oposición aceptó las reglas del juego. También, sorprendentemente, los uniformados. Eso permitió que muchos de los elementos cruciales del régimen se prolongaran durante la nueva democracia: la comandancia de Pinochet, amarres institucionales, orden económico. Esos componentes se van a fundir gradualmente con el proyecto de la antigua oposición. En la actualidad se ha producido una simbiosis extraña: primero la concertación hereda elementos del régimen, luego los defensores del régimen incorporan gran parte del discurso de la Concertación, como la defensa a los derechos humanos, libertad de prensa, etc.

Links to this post

Crear un vínculo