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lunes, diciembre 11, 2006 

Democracia Cristiana en la transición

Facultad de Ciencias Sociales
Escuela de Periodismo
Chile Contemporáneo
Profesor: Ignacio Muñoz
Gladys Piérola M.
20 de noviembre de 2006

Después el plebiscito de 1988, la Democracia Cristiana parecía ser el sucesor natural para guiar el país en el proceso de la transición. Era considerado el principal partido de Chile, por su amplio apoyo popular y por la posición céntrica tras la polarización política de la década de los setentas. Pero su buena gestión conciliadora para fortalecer la democracia, no fue suficiente para mantener el liderazgo. Por el contrario, la falta de reinversión, los costos de ser el partido de gobierno y la caída en la votación pesaron más que sus logros. Hoy, la DC lucha contra la UDI y el PPD para reconquistar a su público, los que fueron seducidos por “nuevas” caras y propuestas. ¿Por qué la DC no logró conservar su puesto como el grupo más poderosos dentro de la Concertación?

Inicios de la transición

Bajo el gobierno de Augusto Pinochet, la Democracia Cristiana fue el opositor más fuerte junto con los radicales y lo que quedaba de la izquierda, dando origen a la Concertación de Partidos por la Democracia. Con esta alianza, la DC tenía que flexibilizar sus decisiones con sus antiguos enemigos ideológicos para imponerse al régimen autoritario en el plebiscito, que decidía la permanencia de Pinochet en el poder. El 14 de diciembre de 1989, el desafío se cumplió y consiguió el triunfo, pues su candidato y principal figura de la ex Falange Nacional, Patricio Aylwin, salió elegido como el primer Presidente de la transición con el 55,2% de los votos. Así comenzó una nueva etapa de cambios políticos y culturales para el partido y el país.

El gobierno de Aylwin se inició el 11 de marzo de 1990, alcanzando una exitosa gestión que duró cuatro años. Entre los logros más importantes del período, se destacó el crecimiento de la economía al 7% y la disminución a casi la mitad de la pobreza que superaba el 45% de la población. Asimismo, se pretendió atender varios problemas que quedaron olvidados y que de algún modo fueron los costos sociales a la transformación liberal de los años ochentas. Uno de esos temas pendientes fue la violación de los Derechos Humanos, por lo que se creó la “Comisión Verdad y Reconciliación”. Ésta dio a conocer el llamado “Informe Rettig”, destinado a restablecer la convivencia nacional. Sin duda, el reconocimiento de los abusos cometidos por la dictadura fue un gran paso para retomar las relaciones cívico-militares que dividían a la sociedad.

Pero no todo fue reconciliación, pues en los primeros años también se vivió tensión política como con el asesinato del líder UDI, Jaime Guzmán, el caso de los “pinocheques” y el “boinazo”, que movilizó a un gran contingente armado.

A fines de 1993, se realizó una nueva elección presidencial que dio como vencedor con el 57,9% de los votos a otro personaje democratacristiano, Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Así empezaba un período de seis años más, donde la DC sufriría la decadencia en su apoyo electoral. Entre las obras de su mandato, se destacó el proceso de renovación económica, especialmente, con los tratados de libre comercio y la integración a bloques internacionales como la APEC y el Mercosur. Se avanzó en educación con transformaciones en la malla curricular y la implementación de la jornada completa. En el área de obras públicas se concentró las concesiones de carreteras y puertos, dándole al una infraestructura moderna y de calidad al país. Se siguió con las modificaciones a la Constitución del 1980, iniciando la Reforma Procesal Penal como uno de los mayores cambios a la justicia en la historia de Chile. Sin embargo, tuvo que enfrentar la detención de Pinochet en Londres y la grave crisis asiática que produjo un estancamiento económico a finales de la década de los noventas.

Decadencia de la DC

Durante los diez años de gobierno democratacristiano, el partido sufrió un considerable desgaste político que se reflejó en las votaciones parlamentarias de 1997, donde perdió más de medio millón de votos. Con esos resultados, la agrupación más poderosa de la Concertación observó cómo su gestión estaba siendo deficiente ante la reinversión de sus contrincantes, quienes captaban a su objetivo: los electores. La parálisis de apoyo fue la manifestación más visible de los serios problemas que enfrentaban por la incapacidad de renovar a sus dirigentes. A esto se sumó la competencia bilateral representada por la Unión Demócrata Independiente (UDI) en la derecha y el Partido Por la Democracia (PPD) en la izquierda. Sin embargo, las debilidades más profundas se apreciaban internamente en la falta de un nuevo programa y en la carencia de posturas frente a los principales problemas de la política nacional.

Las dificultades comenzaron con la relación que mantuvieron tanto Aylwin como Frei con su partido. El primero suspendió su militancia para ejercer el liderazgo en la Concertación, pero siempre conservó estrechos lazos con la directiva de la DC y sus parlamentarios. En cambio, Frei tuvo una postura más distante con el bloque que obligó a los ministros de La Moneda a cuidar los vínculos con la colectividad. Así se puede explicar cómo la DC vivió los costos de la democratización, pues siendo el partido del gobierno sufrió los errores y deficiencias de la nueva etapa. Durante una década, sus dirigentes apoyaron las medidas de la Concertación, incluyendo las impopulares y se abstuvieron de criticarlas públicamente. El mayor cambio se constituyó en el período de Frei, cuando algunos parlamentarios se acostumbraron a cuestionar las políticas de Estado. El Primer Mandatario debió enfrentar no sólo la oposición de derecha y los de izquierda, sino también de parte de la DC, lo cual afectó su credibilidad como partido responsable.

Esto perjudicó directamente a las elecciones posteriores, en especial, las parlamentarias de 1997, cuando perdió 4.1 puntos -alrededor de medio millón de sufragios- siendo el partido más damnificado de la Concertación. En parte se debe a que no tuvo la capacidad de captar al voto potencial, pues para los jóvenes pudo aparecer como algo anticuada ante el socialismo renovado y las ideas progresistas de la UDI. En cierta medida, el fracaso de atraer un electorado nuevo fue el reflejo de las prácticas elitistas que marginaron la entrada de grupos de pensamientos más modernos. Además se sumaron las luchas internas que dividieron a la DC, lo que se demostró en las elecciones presidenciales de 1993, donde la gente votó “cruzado” por Frei para Presidente de la República y por la derecha para el Congreso.

Las fracciones que deterioraron electoralmente a la DC, también se explican por la falta de liderazgo tras el retiro de Aylwin como principal figura del bloque y por el alto grado de institucionalización. Estos factores se centran en el problema sucesorio para mantener el poder dentro del partido, pues sus dirigentes no lograron cohesionar el trabajo de los militantes con la imagen de un personaje fuerte. Por el contrario, entre 1994 y el 2001 la Democracia Cristiana tuvo cuatro presidentes -Alejandro Foxley, Enrique Krauss, Gutemberg Martínez y Ricardo Hormazábal- y de ninguno se puede recordar una gestión con éxito.

El elemento institucional obstaculizó la relación de los ministros y subsecretarios militantes con el partido, pues no pueden participar de forma directa en las campañas electorales, donde los vínculos personales con los votantes sigue siendo un medio para adquirir su confianza. Pasa lo mismo con el papel del Primer Mandatario, quien en su doble función de jefe de Estado y jefe de gobierno, dio prioridad a la primera, de tal modo que no intervino en los asuntos del partido y no ejerce liderazgo en éste.

Tal vez el elemento más externo de la decadencia de la DC fueron las dificultades que impuso la influencia de los medios de comunicación, especialmente la prensa escrita. Los democratacristianos actuaron durante la transición en un sistema político en el cual los diarios y revistas estaban en un duopolio de derecha que no escondió su oposición a ellos. El partido no poseía un medio “amigo” que pudiera mostrar sus enfoques e ideas con autonomía. Por el contrario, tenían que luchar contra las publicaciones tendenciosas que destacaban los errores de sus partidarios, lo que profundizó la imagen de una colectividad dividida en grupos y caudillos.

Sin duda, la incapacidad de la Democracia Cristiana para adaptarse al nuevo escenario político y cultural fue uno de los elementos más importantes para perder la posición como el partido más importante dentro de la Concertación. Los intentos por fortalecer el partido a través de primarias en las elecciones de 1997 y 2001 tuvieron efectos muy negativos, puesto que las divisiones internas marcaron una campaña débil, imposibilitándolos de obtener un cuarto presidente democratacristiano. La decadencia de este mítico partido se atribuye a sus limitaciones organizativas y el alto costo de la transición. Los partidos históricos como la DC deben reinventar a sus líderes para que no sólo se manifieste una evolución de caras y estilos, sino de una estrategia que esté por sobre las exigencias y presiones del sistema político. De esa forma, asegurarán el éxito de su renovación.

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